Nívea y fría


Ella temblaba. Su piel retumbaba y el tránsito de su sangre era un caos cuando él cogió su mano, mano nívea y fría, como de muerta, como si la hubiese matado la noche con aliento de hielo. Ambos lo recuerdan.

Recuerdan que se sentaron al borde de esa pileta apagada y quieta -un estanque sin vida, ni con reflejos de luna ni tampoco de estrellas-, que era para él un vaticinio aciago, un enigma silencioso, un testigo e incriminado. Él la llevó hasta allí para intentar amarla más próximo que nunca.

Él es un torpe al expresarse. Aquella vez algunas de sus ideas revoloteaban sin dejarse atrapar y otras tropezaban con su voz. Y ella no hacia más que oírlo y mirarlo, tratando de entenderlo, o riéndose formando líneas de risueña madurez en su rostro. Él fue hacedor de muchos preámbulos luchando por enderezar sus intenciones; sin embargo, era menester que le compartiera a ella su desasosiego; por eso, reverencialmente extendió su mano para pedir la de ella, quien, como una princesa, grácilmente accedió. Entonces se dio cuenta que su amiga palpitaba y que todas sus sensaciones se concentraban más abajo de su muñeca derecha; mientras que él, aprovechándo esas explosiones internas, pronunció trabadamente, igual que un escolar nervioso a punto de tener su primera enamorada, el "te quiero"; y más penosamente aún el "¿aceptarías estar conmigo?".

¿Qué podía esperar con tales méritos? Es por eso que él cree que esa respuesta, a esa pileta dormida le corresponde, pues él no quiso asimilar ninguna negación rotunda en las palabras circulares que ella después profirió para no herirlo; por el contrario, percibió "un sí camuflajeado", como si él le hubiera pedido "clávame la duda y me quedaré a tu lado".

Pero esa noche, a pesar de sus nuevos bríos, sabiá que tenía una derrota, pues había soñado que ella caía a sus labios con la misma sutileza de las mariposas, ofreciéndose así a los secretos de las experiencias sublimes y a la bendición de tener corazón.

Fue entonces que se puso sensorialmente extremo, no teniendo más que el tacto de su amiga entre su tacto, profundamente apasionado como un amante francés de hace un par de siglos, acercó la mano de ella hasta sus labios, y sin pensar en el rubor ni en lo cursi de tal proceder, la besó, como un abrazo efusivo, como un beso en la boca. Erizada por lo sucedido, ella quitó su mano de entra las de su amigo sin atreverse a reprocharlo. Y eso fue todo.

Comentarios

Henry ha dicho que…
oe loco, decidete, como tres veces le has cambiado el titulo y las fotos a tu texto. Te recomiendo el primero... es más revelador. ja ja ja ja

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