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Mostrando entradas de junio, 2011

La fosa perpetua

Soñé que había nacido en una gran fosa y que otras criaturas nacían conmigo. Éramos sombras aglutinadas en una profundidad tenebrosa en donde nadie tenía la mínima inquietud de preguntarse qué había allá arriba, afuera de la fosa, en donde no veíamos más que dos lumbreras, una amarilla y otra azul, que cruzaban cada cierto tiempo mientras nosotros brincábamos excitados. En la espesa oscuridad comíamos tierra y procurábamos no movernos mucho para no irritarnos entre roces que provocaban un altercado de rugidos propio de las bestias.
Cansado de esa vida de placenta, tomé la decisión de escapar en la próxima ocasión en que la lumbrera azul apareciera sobre nosotros. Cuando así sucedió, inicié el altercado con unos bruscos movimientos en el afán de trepar por las arenosas paredes de la fosa. Sentía cómo la tierra penetraba en mis ojos y en mis uñas, mientras que las otras criaturas tiraban de mí hacia abajo. Entre gritos y fuerza yo no me rendía y volvía a trepar escarbando las paredes co…

El paseante solo

Es mucho más fácil
permanecer tan solo en mis zapatos.

Es mejor
andar por Lima
sin que nadie rompa
la paciente contemplación
de sus atrios barrocos.

Tonto el que se adjunta
compañía:
la calle deja de ser ancha,
no se puede saborear la lluvia,
y por doquier
jardín de manos
ofrecen sus rosas de artificio.

Interesa más
llevar una cámara fotográfica,
capturar al árbol triste
o el agua de las piletas.

Ir detrás de la noche
como el solitario que derrama
el mismo y reflexivo
par de huellas.

César

Por uno por uno

Yo sé que él está orgulloso de mí, aunque no lleve su apellido y aunque no viva con él. Ya tengo veintiún años. A mi edad él ya tenía un pequeño de más o menos cuatro años, algo llorón, sí, no lo niego, y que apenas sabía hacerse las orejas de conejo para anudarse los zapatos.
      César Gustavo Torres Zevallos, mi viejo, que nunca me ha parecido viejo. “¡Pero si con tu padre no se puede hablar nunca en serio!”, se queja de él mi tía Rosa. Siempre casi está bromeando, hasta sus canas de entrado en los cuarenta parecen una broma. Me divierto cuando cuenta cómo le enseñó a mi tía Carolina a caminar, cuando era una niña de apenas año y medio de edad. La ponía en medio de la pista y esperaba que viniera el ómnibus de la ENATRU, entonces la pobre se paraba y no solamente caminaba, sino que corría por su vida hasta llegar a la vereda. Felizmente mi padre no aplicó esos métodos conmigo.
      Vivía con él en la pequeña casa del abuelito Torres. A nosotros nos tocaba la cama de arriba en…