Lo que la mente engendra


"Los sentimientos y observaciones del hombre solitario son al mismo tiempo más confusos y más intensos que los de las gentes sociables; sus pensamientos son más graves, más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza. Imágenes y sensaciones que se esfumarían fácilmente con una mirada, con una risa, un cambio de opiniones, se aferran fuertemente en el ánimo del solitario, se ahondan en el silencio y se convierten en acontecimientos, aventuras, sentimientos importantes. La soledad engendra lo original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello; la poesía. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno, absurdo e inadecuado"*

Encontré este parrafo mientras leía La muerte en Venecia de Thomas Mann. Me han deslumbrado sus palabras; ha dicho algo que dio en el clavo de cuestionamientos que atañen a mis ideas, inspiraciones y decisiones.

No me considero una persona solitaria; por el contrario, sé que soy sociable, incluso quisiera relacionarme con más personas de las que ya conozco; sin embargo, me agradan los momentos despejados y silenciosos, aptos para la meditación. Puedo pasar muchas horas divagando entre pensamientos que "son más graves, más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza". De pronto cojo papel y lapicero --Casi nunca uso lápiz-- y "la soledad engendra lo original [...] la poesía". Pero no hablaré esta vez sobre poesía, sino de los productos que manufactura mi cabeza. Y para acortar más el tema, me referiré únicamente a mis decisiones.

Hace poco fui director de un concierto de discusiones, malentendidos y riñas que, paulatinamente, y algo avergonzado, ahora estoy solucionando. No explicaré ni daré nombres sobre lo acaecido; mas puedo untar la cuestión de esta manera: Decidí alejarme de mis amigos más íntimos; ¿por qué? Porque de tanto pensar , a veces yo --o cualquier otra persona con tiempo para meditar-- llego a engendrar "lo desagradable, lo inoportuno, absurdo e inadecuado" como solución a los problemas.

Ahora sé por qué existen suicidas, violadores, genocidas... Aunque, claro, no he llegado a tales extremos; no obstante, sí he pensado en cosas así, y he escrito cosas así, y quizá tal vez algún día las publique por este medio. Ojalá aprenda a discernir entre decisiones verdaderas --que aplicadas pueden ser buenas o malas-- y decisiones estúpidas o absurdas.

Bueno, para terminar, y muy aparte de todo, recomiendo La muerte en Venecia del nobel alemán Thomas Mann.


*Thomas Mann. La muerte en Venecia. Ed. Oveja negra-Seix Barral. Pag.: 46-47

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