Ella temblaba. Su piel retumbaba y el tránsito de su sangre era un caos cuando él cogió su mano, mano nívea y fría, como de muerta, como si la hubiese matado la noche con aliento de hielo. Ambos lo recuerdan. Recuerdan que se sentaron al borde de esa pileta apagada y quieta -un estanque sin vida, ni con reflejos de luna ni tampoco de estrellas-, que era para él un vaticinio aciago, un enigma silencioso, un testigo e incriminado. Él la llevó hasta allí para intentar amarla más próximo que nunca. Él es un torpe al expresarse. Aquella vez algunas de sus ideas revoloteaban sin dejarse atrapar y otras tropezaban con su voz. Y ella no hacia más que oírlo y mirarlo, tratando de entenderlo, o riéndose formando líneas de risueña madurez en su rostro. Él fue hacedor de muchos preámbulos luchando por enderezar sus intenciones; sin embargo, era menester que le compartiera a ella su desasosiego; por eso, reverencialmente extendió su mano para pedir la de ella, quien, como una princesa, grácilmente ...