El sino de María
Aquellos sujetos jamás sabrían del exquisito placer que reside en la entrega limpia de los cuerpos. Lo de ellos era una chulada, un vulgar apetito de sexo que llenarían en cualquier orificio de María. Ella, alcoholizada y estúpidamente alegre, dejaba que la tocaran a sus anchas dentro de una ruinosa combi desaseada. Uno decía: ¡Hoy metemos pistola, Charlie! Y el otro: ¡Sí, y la metemos rico! Mientras tanto María parecía una loca, movía los hombros y la cintura al ritmo de una canción descarada. Vestía una percudida blusa negra de tirantes que se le caían de los hombros y un short cortito que dejaba ver sus anchas piernas. Los pies los tenía sucios y se había recogido descuidadamente el cabello con un carmín. En el barrio mucho se habla de María. ¡Vaya a ver cuántos indecentes sobrenombres ya le pusieron las vecinitas! Pero pocos saben que su tío había abusado de ella a los seis años y que no acabó el colegio porque su madre decía: Y ésta, ¿para qué va a estudiar? Es mujer, que lave pl...