Mme. Kollontay

Alexandra Kollontay
San Petersburgo, 1872 - Moscú, 1952


        Pobre los varones que se han enamorado de mujeres que han considerado al amor como casi un  enemigo de las ideas de libertad femenina. Qué difícil es hacer ver a estas mujeres lo contrario, a las que para halagar hay que tener tino, pues no consentirán que un varón se apresure a abrirles una puerta o que le acomoden la silla en el restaurant o que paguen su entrada al teatro. Sentirán que las pensamos inútiles y que nuestra caballerosidad es una hipocresía, y la verdad es que si somos atentos con ellas es porque las adoramos, no las tratamos con delicadeza porque creemos que son el sexo débil, sino porque las cosas más valiosas se tratan con cuidado.

        Por otra parte, no aman aunque estén enamoradas. Es paradójico. Conozco casos muy cercanos de mujeres que, con el dolor de su corazón, le dicen “No” al muchacho u hombre que encaja con ellas, pues alegan que es mejor estar sola y ser libre. Libre, ¿en qué sentido?, porque en un sentido están reprimidas. No se interprete lo anterior como una expresión peyorativa, no es mi intención. Claro que la idea más allá de amar y llegar al matrimonio y tener hijos cambia todo el panorama romántico, y a partir de eso, de la realidad de miles de mujeres avocadas al hogar, y únicamente al hogar, y con eso la cancelación de sus sueños personales, las mujeres prefieren una vida solitaria, o al menos con un buen amigo.

       El matrimonio ha alcanzado evidente desprestigio en la sociedad moderna, no solo por ocasionar el detrimento de la mujer, sino también del hombre atado a las exigencias económicas del hogar. Pero no es el matrimonio lo satánico. El mal radica en las parejas que no saben planificar tanto gastos como número de hijos, por la inseguridad del hombre celoso que no deja trabajar a su mujer y por el miedo a que ella mantenga el hogar con mejores ingresos que él, o que en la vida social ella coseche éxitos y él no, o viceversa.

     Saludo a las mujeres que no sueñan con el matrimonio como la máxima de su vida y de su esencia femenina, y que no obstante se casarían sin presiones y con las ganas de compartir sus sueños con alguien capaz de todo por apoyarlas y verlas felices y realizadas en todos los aspectos, sean íntimos, familiares, sociales, intelectuales y hasta políticos. Al hombre que se ha enamorado de una mujer que considera al amor como el gran enemigo de la libertad femenina, le invito a tomar apunte de las siguientes palabras de José Carlos Mariátegui, para que no se desaliente:
Los literatos enemigos del feminismo temen que la belleza y la gracia de la mujer se resientan a consecuencia de las conquistas feministas. Creen que la política, la universidad, los tribunales de justicia, volverán a las mujeres unos seres poco amables y hasta antipáticos. Pero esta creencia es infundada. Los biógrafos de Mme. Kollontay nos cuentan que, en los dramáticos días de la revolución rusa, la ilustre rusa [Mme. Kollontay] tuvo tiempo y disposición espiritual para enamorarse y casarse. La luna de miel y el ejercicio de un comisariato del pueblo no le parecieron absolutamente inconciliables ni antagónicos (Mariátegui, p. 164).

      No obstante,  la misma Kollontay, tres años después de casarse, abandonó su matrimonio e incluso a su hijo para continuar con sus ideas revolucionarias bolcheviques y  feministas; mas ella lo hizo porque no encontró la comprensión que demandaba y porque su libertad comenzó a menguar, y eso hay que tenerlo en cuenta, porque al fin y al cabo siempre tuvo el deseo de enamorarse:

¡Por desgracia, sí! . Digo lamentablemente, porque normalmente estas experiencias implican demasiados cuidados, decepciones y dolor, y porque consumí demasiada energía en ellos, inútilmente. Sin embargo, el deseo de ser entendida por un hombre hasta lo más profundo de mí ser, hasta los rincones más secretos del alma, de que alguien reconociera mi esfuerzo como ser humano, lo intenté en repetidas ocasiones sin lograrlo. Y la decepción ocurría con demasiada rapidez, ya que los camaradas veían en mí sólo el elemento femenino, y me trataban conforme al modelo dominante, como una caja de resonancia dispuesta para satisfacer su propio ego. Así varias veces, inevitablemente, llegó el momento en que tenía que deshacerme, con dolor, de las cadenas que me unían a otro corazón, pero aún con soberanía sobre mí, sin que ellos pudieran tener influencia en mi voluntad. Luego me quedé sola otra vez. Mientras más me dedicaba a la mayor demanda en mi vida, mi mayor responsabilidad, que han sido los trabajos, las luchas pendientes por abordar en la revolución, más crecía mi deseo de ser envuelta por el amor, la calidez, la comprensión. Tanto más fácil, en consecuencia, comenzó mi vieja historia de decepciones en el amor, la vieja historia de Titania en "Sueño de una noche de verano".

César Chumbiauca


José Carlos Mariátegui (1988). Temas de Educación. Décima edición. Lima: Amauta.

Comentarios

VeroniKa ha dicho que…
todos los extremos son absolutamente nocivos.
El concepto de libertad es estereotipado y se mezclan las cosas.
Sí creo que el amor, estupidiza, pero ese es otro cantar :)
SIN CALZÓN ha dicho que…
A muchas mujeres el estudio sí les choca.

AZAÑA ORTEGA
La sonrisa de Hiperión ha dicho que…
Los extremos...las sinrazones por estupidez adicional de lo incoherente. Del cojones, por cojones...

Saludos y un abrazo

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