El inepto


          Es cierto, si somos ineptos en un cargo es mejor abandonarlo, aunque por un instante se quisiera ser autoritario para acallar las voces de los que en contra nuestra reclaman con ferocidad. Es así que algunas veces es mejor estar del lado ofendido, ese lado que se agiganta en su furor, que no comprende —o que se olvida— que todo ser humano es imperfecto, que bipolariza el conflicto y nos ubica en la posición del “malo”. Maquiavelo inculcaba el gobierno frío; no se puede lograr el contento absoluto de los gobernados, lo importante es mantener el poder. Al parecer, un adjetivo negado a la autoridad es la blandura, la molicie regentora que no quiere quedar mal con nadie. Sería fácil poner mano dura, someter al opositor, pues en su posición jamás aceptará pero ni la más mínima virtud y buena obra del que lleva el mando, se hará de oídos sordos, criticará y criticará hasta roer, hasta ponernos frente a un espejo para contemplarnos ineptos. Entonces empiezan los problemas, no se puede acallar a nadie, no se puede suprimir el esencial derecho de protesta ante las deficiencias de los que tienen el poder para hacer las cosas. De esta manera no nos queda más que soportar las quejas que ensombrecen todo lo bueno que hayamos hecho con sinceridad, pues tendrá un matiz de imperfección y de intereses egoístas según el ojo de nuestro opositor, ya que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Sobre esto Carlos Eduardo Zavaleta (2003) escribió un cuento titulado “Mister X”, que consiste en el amotinamiento de un país entero contra la autoridad que desconoce la real causa del levantamiento nacional. La respuesta al origen de ese amotinamiento será tan absurda que se entiende que los detractores del gobierno dirán que la dichosa explicación no es más que una cortina de humo. Estas son las palabras que los hombres del mandatario exponen al mismo:



En fin, señor, en una palabra, han de decir que falseamos la verdad y han de amenazar que los motivos de hoy son un preludio de la gran revolución del mañana […] El juicio de que al pueblo peruano no lo incumbe penetrar cuáles sean los pretextos, sino el lanzarlos contra usted, lo calificamos como pueril. Nuestro país, antes que guiado por la justicia o el destino ideal del hombre, los está por sentimientos más terrenos (p. 76 – 77)

César Antonio

Carlos Eduardo Zavaleta (2003). El cielo sin cielo de Lima. Lima: Fondo Editorial Cultura Peruana.

Comentarios

La sonrisa de Hiperión ha dicho que…
Que cosas de listos hay en el mundo, verdad?

Saludos y un abrazo.

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