El silencio de los océanos

El microbús atestado de pasajeros se detuvo frente al semáforo en luz roja. Aprovechando esa breve parada, desde los últimos asientos, un joven aparentemente invertebrado, con permiso y permiso, se abrió paso entre la enredadera de cuerpos. Para su suerte, logró descender de los estribos cuando el microbús ya se ponía en marcha. Cargaba una mochila barrigona y vestía un pantalón dril verde-amarillento y un polar azul a cuadros. Se encontraba en la aristocrática Plaza Municipal de Barranco. Barranco: ciudad que por muchas décadas acogió a un sinfín de artistas, como cantores, poetas y pintores. En medio de la plaza se extiende un manantial del cual nace una pileta con un griego cuerpo de mármol que riega románticamente lenguas de cristal. Frente a frente, separadas por la plaza, se miran la iglesia y la biblioteca, la religión y la ciencia. La iglesia se erige con su gran pórtico —velada por santos inertes en piedra blanca—, con sus muros color fucsia al estilo republicano y con una torre en donde habitan oscuras aves del cielo; además, dos cruces coronan a esta imponente parroquia. Mirando a la iglesia está la biblioteca pública, con su reloj en lo alto, como un faro que se levanta cual si fuese un monumento ofrendado a la modernidad. Ornan la plaza un atrio semicircular que no precede a nada, pero que sirve para recitales y cualquier tipo de actuación artística; gigantescas palmeras; faroles como tres bolas de cristal; bancas, parejas y niños. Hacia una esquina de la plaza se llega al boulevard; por otro lado, cruzando los rieles del viejo tranvía, al Municipio. Y si se sigue el trayecto, se alcanza el Puente de los Suspiros, la Bajada de los Baños y, finalmente, el extenso y celeste mar.

Asfalto, lozanía y suave vaho de antiguo balneario —se dijo el joven muchacho—: me gusta.

Un par de horas antes de llegar allí había visto en los decrépitos muros que bordeaban los ojos de su madre, gotas como de rocío que resbala del pétalo de una flor descolorida. Su madre lloraba… Se había quedado sola con cuatro hijos —ninguno mayor de edad—, y con un trabajo acorde a su secundaria incompleta. Por eso tenía que obligar a su hijo mayor a vivir con sus acomodados tíos de Barranco, para que estudiara y acabara el colegio y se preparara para estudiar una buena carrera. Sin embargo él no quiso irse, no quería separarse se sus pequeños hermanos ni de su madre que, a pesar de los trapos, las ojeras y el cabello maltratado, no había perdido la belleza. ¿Quién la abrazaría cuando el ánimo se le cayera a fondo? ¿Quién cuidaría de los pequeños? ¿Quién los salvaría del frío asesino de los cerros? Yo puedo trabajar, ma. No, hijo, si trabajas ahora, te quedarás como yo; estoy orgullosa de tener un muchachito inteligente, aprovecha eso y estudia, sé grande, saca adelante a tus hermanos. Pero ma, yo… ¡Vete, te estoy diciendo, has caso a tu madre!

Y ese día abandonó su húmeda y frágil casita. Besó a su madre abrazándola. De cuclillas, despeinó a sus hermanos y les pidió que se comportaran bien. Cogió su mochila y bajó parsimoniosamente por un culebroso sendero, y mientras lo hacía, volvió la vista hacia la cima del cerro, y recordó que en ese desolado paraje de grandes rocas, cuando no había densa neblina como la de ese instante, él iba de noche y se sentaba sobre una roca, abría los oídos al silbido del aire, miraba la ciudad con sus soldados iluminándola en un mar de luz amarilla, todo pequeño, y más allá, en el horizonte, profunda oscuridad: el abismal y lejano silencio de los océanos.
César Antonio

Comentarios

SIN CALZÓN ha dicho que…
Adelante... espera la bulla de la vida.
CÉSAR ANTONIO ha dicho que…
Bulla... Entonces será imposible dormir con tranquilidad.
Napoleon ha dicho que…
Que bulla se viene!!!

**Gracias hombre por el comentario muy alentador en momentos tan dificiles, y con respecto a la literatura puede que le tome la palabra y escriba algo.

Saludos!
CÉSAR ANTONIO ha dicho que…
Muy bien, hombre, será una decisión que marcará tu vida.

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