Reencuentro con Víctor

Víctor ya no es el muchacho delgado de corte honguito con el que jugaba Mortal Kombat en Nintendo Sega. Han pasado casi once años desde que terminamos la primaria y no lo he vuelto a ver hasta ayer. Está corpulento, aunque no ha podido huir del fatalismo de la panza chelera (no me consta que tome. Debe ser la falta de ejercicios). Y ni qué decir de su manera de hablar. Cada frase que emite está bañada del dialecto cantarín del venezolano.  

Lo primero que hicimos al encontrarnos después de mucho tiempo no fue darnos un abrazo, sino entrar en el supermercado. Allí, al ver la variedad de marcas y el stock, comenzó a contarme sobre la situación que se vive en el país de Rómulo Gallegos. Una situación muy difícil. Una situación que yo no me creía tanto, pues pensaba que la información era en parte manipulada por los medios de comunicación para hacer quedar mal a la política venezolana. Pero no es tanto así. Realmente hay una crisis en Venezuela. Como dice Víctor, los jóvenes emigran en masa de su país porque las oportunidades se achican considerablemente. Víctor, por ejemplo, se tuvo que venir a Lima desde Caracas en bus en una odisea de cuatro días. Y no es que tenga alma de aventurero ni que se alucine el joven Che Guevara. Por él se venía en avión, pero en Venezuela no son los aviones los que están por las nubes, sino los precios. Al menos al venir en bus pudo conocer parte de Colombia y Ecuador. Mientras me enseñaba las fotos de su travesía, hacía comentarios y comparaciones sobre cada país, por ejemplo el trato de los policías. Me contó que en Venezuela los policías son sumamente déspotas, corruptos e irrespetuosos. Desde su percepción, en cambio, el policía colombiano es un poco más atinado para tratar con los civiles; los policías ecuatorianos son un poco parecido a los uniformados peruanos, lo que quiere decir un policía neutro, no sabes cuándo te va a tocar uno bueno o malo. En su ránking personal, la ciudad más moderna es Quito. Una ciudad ordenada y limpia, como Miraflores, pero por toda la capital. Quito le ha parecido incluso un buen lugar para hacer negocios. Sobre Lima y el Perú en general, está contento porque se ha podido reencontrar con su familia y sus amigos del 7212, nuestro colegio. Sin embargo me confesó su insatisfacción por la “viveza” eterna del peruano. Como Víctor se ha traído el acento llanero, no falta un pendejo que quiera venderle más caro las cosas, pero él es negociante y no se la pueden hacer tan fácil.

Mi amigo ahora está pensando en la manera de volver a Quito y establecer una tienda de ropa. Le gustaría quedarse en el Perú, pero el comercio textil es muy agresivo, sobre todo por la fuerza de Gamarra. Antes de despedirme me obsequió monedas de Venezuela, dólares ecuatorianos y pesos colombianos, incluso un boleto del sistema de trenes de Caracas que, por cierto, es lo mejor que aún le queda a ese turbulento país. Cada lugar tiene lo suyo.

César Chumbiauca

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