Cenizas

Volví a esa carpeta larga de madera que servía de banca en el patio. Me senté.  No sé por qué de pronto tuve ganas de cortarme el cabello. Tomé un mechón y lo estiré hasta la punta de mi nariz. Cabello negro y grueso, enmarañado, alámbrico.  Me saqué los lentes. Una nube me volvió a figurar un avión roto; un poste de luz de dos faroles, un tuerto rubio. Quise ver y vi caras sin rostro, desfiguraciones, una toma miope. Hacía mucho frío y no temblaba. Tenía un cigarrillo en el corazón. Lo sé por las cenizas. Vi luego mis manos. Tamborileaban despacio en la madera. Mis uñas estaban limpias. Una cicatriz cerca de un nudillo brillaba, relieve tosco y antiestético. Mis dos manos son antiestéticas. Son feas, toscas, porosas, fuertemente marcadas, con dedos medianos. Algunas callosidades me han formado en las yemas los acordes de una guitarra. Me cansé de tamborilear. Junté los brazos y pegué en ellos mis ojos  cerrados. En la oscuridad, frente a mis párpados, apareció una aureola verde que se difuminaba constantemente. Era una visión espectral. Comencé a sentir sueño. Abrí los ojos y me sentí triste con hondura: estaba solo. Me paré, acomodé el cuello de mi camisa y sacudí  mi pantalón. Volví a caminar bastante tarde hasta encontrarme un microbús.

César Antonio

Comentarios

SIN CALZÓN ha dicho que…
Siempre estamos solos. Por más que estemos acompañados.

P.D.:No era para que sacaras el último post. ¿Lo habrá leído? Esa era la intención, ¿no?, para eso lo publicaste, para que lo leyese. En fin. Está en ti hacer que llegue el mensaje. Manda señales de humo. Y ya que estamos en dos mil doce aprovecho para desearte lo que todo el mundo desea pero que nadie hace nada o hace muy poco para conseguir que el deseo se cumpla. De todos modos: Feliz dos mil doce.

Azaña Ortega

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