Réquiem mártir

     A las tres de la mañana fue llevada de emergencia al hospital María Auxiliadora. Retorciéndose de dolores, la Gringa no podía palparse el dolor en la espalda; las esposas no le permitían llevar las manos hacia atrás. Venía del penal de mujeres bastante grave. Estaba casi sola, a no ser por la señora policía que la acompañó hasta los pasillos en donde la abandonaría diciéndole: Ya vendrá una enfermera a verte… ¡Aguántate y no exageres!

     La Gringa era una rea por asuntos políticos. Ella era de esas personas que creía que para acabar con la injusticia había que liquidar al injusto. Llegó muy lejos con esa idea. Era una mujer radicalmente convicta de sus pasiones. Ha pasado siete años en la cárcel por liderar una célula guerrillera durante los años de terror. Pero nunca fue terrorista; tampoco se amarró con el ejército. Peleó más bien por defender a las víctimas en medio de las aguas negras. Por hacer colgar a malos uniformados que abusaron de mujeres fue condenada. En la cárcel fue también presa de una dolorosa enfermedad que parecía morderle hígado y riñones. Felizmente conoció a amigas que cuidaron de ella y que la querían mucho por su carácter, su inteligencia y sus convicciones:

     — ¿Que el día de la mujer? ¡Una mujer, señoras, no tiene que esperar un día solemne para hacerse respetar! ¡Por supuesto que no!

     Sus palabras siempre calaron hondo en sus compañeras. Ahora no podían hacer nada por ella, la Gringa, que no era una mujer corriente, había tenido estudios de antropología en una universidad privada de Lima, era también una activista política que había marchado un sinfín de veces con sanmarquinos y además era poeta. Poeta… ahora más que nunca no hubiese querido sentirse poeta, porque en los pasillos del hospital, en medio de su dolor aún alcanzaba ver el sufrimiento de otros igual o peor que ella, gente padeciendo en el suelo o sobre rechinantes camillas, ancianos en el umbral de la muerte tratados toscamente por los doctores que se quejaban de que en el hospital faltaba de todo, niños nebulizados frente a adultos con la cara abierta por una pelea y otro tanto de accidentados en un choque automovilístico, todo realmente era indignante, miserable y penoso. No pudo soportarlo más. Soltó un llanto verdaderamente humano... En principio no iba a llorar para no darle gusto a la gente que quiso verla sufrir, pero su dolor se llenó de todo ese pasillo pálido y entonces lloró con su alma de poeta. Aunque no parezca, también se puede morir de pena. Sí, porque cuando llegó una enfermera para ver a la Gringa ya cualquier cosa era en vano.


César Antonio

Comentarios

La chica de la farmacia ha dicho que…
Otro corazón que no resiste la pena y el dolor. Y la cuenta sigue sumando.

Un abrazo grande. Te debía una visita y no me arrepiento de haber venido.
La sonrisa de Hiperión ha dicho que…
No me gusta que este puto mundo esté un requiem perpetuo... Es una jodienda...

Saludos y un abrazo.
Buen domingo.

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