El silencio de los océanos
E l microbús atestado de pasajeros se detuvo frente al semáforo en luz roja. Aprovechando esa breve parada, desde los últimos asientos, un joven aparentemente invertebrado, con permiso y permiso, se abrió paso entre la enredadera de cuerpos. Para su suerte, logró descender de los estribos cuando el microbús ya se ponía en marcha. Cargaba una mochila barrigona y vestía un pantalón dril verde-amarillento y un polar azul a cuadros. Se encontraba en la aristocrática Plaza Municipal de Barranco. Barranco: ciudad que por muchas décadas acogió a un sinfín de artistas, como cantores, poetas y pintores. En medio de la plaza se extiende un manantial del cual nace una pileta con un griego cuerpo de mármol que riega románticamente lenguas de cristal. Frente a frente, separadas por la plaza, se miran la iglesia y la biblioteca, la religión y la ciencia. La iglesia se erige con su gran pórtico —velada por santos inertes en piedra blanca—, con sus muros color fucsia al estilo republicano y con una ...