Esa noche, en aquel bar al que llegamos de puro estar ambos con el melancólico y reprimido espíritu ávido de desquite, me ha tenido meditando largo tiempo. Eres ya casi toda una mujer, una tremenda amiga, suelta y divertida; pero también eres extraña: cuando taciturnas eres abismo. De pronto callaste, ensimismada como si en vez de licor hubieses libado cicuta. Tenías ganas de decirme algo, de llorar, de romperte en pedazos y de extinguirte. Su fantasma había vuelto por ti, ese ser repudiable asomó por tus ojos, lo vi. Bajaste la mirada, ocultaste el rostro y escuché tus lágrimas. Te acordaste de ese imbécil que siempre se hizo la santa oveja tan sólo para acostarse contigo. Es un idiota, un gran egoísta incapaz de amar y de pedir perdón ante una recriminación justa y de asumir su responsabilidad. Tú no tendrás una gran profesión como la de él, pero eres mucho más persona. No aparentas una bondad para aprovecharte de la confianza. Te ha dejado sola. Lo que tú has hecho para escapar de ...