Desperté con el cariño puesto en el corazón. Y un poco lo puse en las mejillas de mi madre; otro poco en la risa de Pierre; en el saludo de Nicole; y en las frazadas de Bryan, el dormilón. Salí de casa; la calle ostentaba su vestido de primavera. César Antonio
La música sacude cada espiga de la piel, penetra como un fantasma en un castillo de huesos, llega hasta la nebulosa imaginaria y emerges tú, en cuadros empotrados en las paredes que evocan sueños. En mi mundo artificial aparecemos los dos. Estás sentada frente a mí, sobre una banqueta, con una pierna sobre la otra, en una actitud casi sensual, luciendo tus pies blancos y pequeños, refinados. Vistes, elegantemente, la seda de un rojo pasión encajado a tu cuerpo de agua y tendido bajo los hilos de tu pelo suelto. Veo tu faz que no ha recurrido —que jamás recurre— a lápices de boca ni a polvos de camerino para dar el fulgor de tus claras y límpidas facciones. Hermosa, ángel: ojos preciosos de los que no preciso el color porque nunca me sostuve en ellos, quizá por timidez, no sé... Nariz de prados y serranías verdes, andina, incaica; labios rosados que en uno de sus polos guarece a un minúsculo punto negro. Y me creo amo y señor de melodías y acordes. Modulo una voz trémula, suave y algo t...
A veces soy inevitablemente taciturno. Frío. Más helado aún que las noches en las que garúa y lamentas no haberte abrigado con más chompas. Si algo cálido sale de mi boca, solo es el vaho que exhalo. Pareciera que ando enojado, y ciertamente algunas veces lo estoy; sin embargo, la mayoría de mis silencios suelen ser la expresión de la quietud de mi alma a través del reposo y evanescencia de mis palabras, comparadas solo al vahído de tus besos en mi mejilla después de cada afable y a la vez dolorosa despedida. Si trilce significase triste y dulce a la vez , sería el vocablo perfecto que defina mis momentos callados, que parecen demandar soledad. Mas si estoy a tu lado, créeme que no estoy demandando soledad, es más, me agrada ver como cae blandamente la neblina sobre tu cabello lacio y la redondez de tus infantiles hombros, mientras me preguntas qué tengo y sola te respondes lo que ya sabes que diría, apresurándote a decir: Nada. César Antonio
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