Orlandito


No empiezo por decirte estimado, porque no estamos empezando bien, y no es por mí, es por ti. No sé quién eres exactamente, no sé cómo eres, así que considera que eres un tipo con suerte aún. La vida te ha dado la dicha de estudiar en una buena universidad y hasta carro tienes, dicen que nunca falla para cargar flaquitas, especialmente si te encuentras a una pobrecita con trastornos de superficialidad. Pero esta vez te equivocaste, ella no cayó. No es, pues, cualquier chica tampoco. Además, ¿qué es eso de andar pidiendo un beso? ¿No te da vergüenza? ¡Hombre, qué apresurado! Un beso no se pide, se roba. Ahora no te digo que vayas a tener éxito. Lo más probable es que te caiga una buena cachetada, y según se sabe de las heridas contusas y sacadas de sangre a su propio hermano, bien advertido estoy yo mismo por su mamá —y ella misma me lo ha contado—, la pequeña Hulk puede llegar a matar con esas sus manos diminutas pero que han de doler peor que un lampazo. Ojalá pueda conocerte en un futuro próximo, Orlandito, para que podamos tener una conversación de “amigos”. Por lo pronto, el amor de esa chica de la que creíste que sería otra que te tirarías en tu carrito —estamos entre hombres, ya tú sabes esos trucos, no te hagas el huevón—, el amor de esa chica es motivo de un duelo entre Elías, un pequeño poeta que cursa el inicial de cinco años y yo. Si Elías le dice a ella que huele a rosas y que es tan bonita como su mamá, a ti te dirá que hueles a pichi y que te pareces al cuco que está debajo de su cama. Así que te repito, solo compiten por esa maestra Elías y yo, y eso que el pequeño zalamero ya me sacó ventaja. En fin. En cuanto a ti, Orlandito, a ti nadie te ha llamado. Así que pisa tu acelerador y arranca-arranca nomás…



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